Artículos traducidos, Traductores

Después de la caída: aprende a evitar estos errores como redactor

Esta es mi traducción de un artículo publicado por Daphne Gray-Grant en inglés. Daphne Gray-Grant trabajó como editora de un periódico y actualmente es asesora de redacción y revisión de textos. Es autora del popular libro 8 1/2 Steps to Writing Faster, Better (8 pasos y 1/2 para escribir mejor y más rápido). Podés suscribirte a su publicación semanal, breve y gratuita, Power Writing, en el sitio web de Publication Coach, www.publicationcoach.com.

Para leer el artículo original en inglés, hacé clic acá.

Tiempo de lectura: Algo más de 4 minutos

¿Sabés evitar los problemas de los redactores? Si te querés convertir en un exitoso escritor independiente, lo vas a necesitar…

Una nueva cliente me llamó para reunirnos en un barrio alejado. Tardé más de 90 minutos en llegar al medio de la nada, y apenas nos encontramos en la sala de espera de la empresa, me miró con desprecio y me dijo: “Hoy estoy muy ocupada. Vamos a tener que reprogramarlo”.

La movida me hizo enojar, claro, pero disimulé bien. Entonces le dije que tendríamos que reunirnos por teléfono. Aceptó en seguida (eso me ayudó a darme cuenta de que era una “prueba”). Cuando finalmente hablamos, también se comportó de forma prepotente y desagradable. Tendría que haber salido corriendo, pero, en cambio, cometí uno de los peores errores de mi vida. Le pedí el doble de la tarifa que solía cobrar, con la esperanza de que, o sacaría ventaja económica, o lo que era más probable, la rechazaría.

Pero no la rechazó.

Se inscribió enseguida y durante los siguientes dos meses transformó mi vida en un infierno. Cada vez que me tocaba trabajar con su archivo, lamentaba haber oído hablar de su empresa, haberla conocido y haber aceptado ese odioso contrato.

De esa experiencia aprendí esto: no trabajes para cretinos. Y acá hay otros siete errores que deben evitarse:

1 Ofrecer una tarifa baja

Muchos profesionales de la creatividad suelen cobrar muy poco por el trabajo que hacen. Cuando sos nuevo en un negocio, es difícil calcular cuánto tiempo te lleva un trabajo. Una de las primeras cosas que tenés que hacer es controlarte el tiempo cada vez que trabajes y hacer una lista del tiempo que te lleva terminar cada proyecto. Después de tres meses, deberías tener una idea clara de lo que podés hacer y cuánto tiempo te lleva.

Es cierto, cada proyecto es único y tiene sus propias demandas y excepciones. Pero buscá un promedio. Entonces, cuando lo hayas calculado, agregale un 25 % adicional, sin decir nada, a modo de tarifa para imprevistos. No podés saber con antelación qué puede salir mal o qué cambios de último minuto te puede pedir el cliente, así que esta tarifa para imprevistos puede ser tu salvación.

Mejor aún, si no la necesitás, se la devolvés al cliente. Estarán contentísimos de que hayas podido entregar el proyecto a un precio MENOR que la tarifa que les presupuestaste.

Cuando estés preparando el presupuesto, acordate de que muchos clientes cancelan el encargo porque el monto les parece demasiado bajo y dan por sentado que quien la ofrece no tiene mucha experiencia.

2 Pedir demasiado

La desventaja de pedir demasiado es bastante evidente: no te van a dar el trabajo. Para ahorrarte ese error trágico, hacé una investigación exhaustiva antes de hacer una oferta para un proyecto de redacción o revisión. Por lo general, prefiero preguntar a los clientes qué margen de presupuesto tienen para un proyecto en particular. A veces no pueden o no quieren decirme, pero otras veces pueden y quieren, y así es mucho más fácil elaborar una cotización realista.

3 No empezar con suficiente tiempo

Si sos escritor o corrector independiente, nunca dejes un trabajo para último momento. Cuando estaba en la universidad, siempre hacía los ensayos a la última hora posible, pero cuando empecé a trabajar por mi cuenta, dejé ese hábito rápidamente. Hay demasiados factores que podrían salir mal. Peor aún, el cliente podría no haberte dado toda la información que necesitás. Y si no te das cuenta de que falta algo hasta el día antes del plazo, van a notar que estuviste perdiendo tiempo. Además, en mi caso también disfruto mucho más escribir y corregir si lo hago según mis condiciones. Nunca entro en pánico ni me siento presionada. Organizo el trabajo y lo hago de acuerdo con un cronograma que me quede bien a mí.

4 Aceptar instrucciones imposibles

Hace unos años, un cliente me pidió que escriba una historia de 600 palabras. Acepté. Luego me dijo que para ese artículo tenía que entrevistar a 12 personas. ¡¿Qué?! Yo sabía que no iba a funcionar. Esa cantidad de palabras no me daría para más de 50 palabras por persona, sin siquiera incluir sus nombres, cargos y una breve descripción de lo que hacían.  Y no me dejaba nada de espacio para situar la historia o para hacerla al menos un poco más interesante. En definitiva, no la podía hacer.

Se lo dije de inmediato y, después de una conversación telefónica educada, aunque difícil, negocié para hacer solo dos entrevistas, que es lo que considero adecuado para un artículo de 600 palabras.

No sientas que siempre tenés que hacer exactamente lo que sugiere el cliente. Muchas veces no son escritores, así que no entienden qué es recomendable hacer o qué sería imposible. 

5 Ser demasiado adaptable

Me gusta ayudar a los clientes y muchas veces hago excepciones por ellos, como entregar un artículo más rápido de lo habitual o darles atención adicional cuando hace falta. Pero no estoy para que me pisoteen. Si un cliente da por sentado que voy a estar a su disposición el fin de semana, sin siquiera haberme avisado antes, o si quieren cambiar los parámetros de un artículo que ya escribí para ellos, les hablo con franqueza, de manera educada, pero con prontitud. Les informo que estos tipos de cambios de última hora vienen con un recargo. (Para ser justa de sobra, no es que simplemente les cobro el recargo. Me comunico con ellos y les pregunto: “¿Prefiere que lo haga por un recargo o que no lo haga?” La elección siempre es del cliente.)

6 Cambiar de software a la mitad del proyecto

La semana pasada hablé con un cliente que está escribiendo un libro. Me preguntó cómo hacer para cambiar fragmentos extensos de lugar, y le dije que usar Scrivener podría facilitar mucho esa tarea. También le advertí que aprender a usar este software llevaría cierto tiempo. Pero cuando sugirió que iba a probar Scrivener para editar su libro actual, le aconsejé que no lo hiciera.

Cuando estás en medio de un proyecto nuevo, no es bueno experimentar con el software. ¿Te acordás del dicho: “no conviene cambiar de caballo a mitad del río”? Aplica a los escritores y revisores tanto como a cualquiera. Si querés aprender a manejar un nuevo software, hacelo cuando empezás un proyecto y tenés más tiempo.

7 Aceptar plazos demasiado ajustados

Durante los pasados 40 años, llegué a convertirme en una escritora y revisora bastante rápida. Puedo revisar 1000 palabras en 30 minutos o menos y puedo escribir entre unas 400 y unas 700 palabras en 30 minutos (según la dificultad del texto). Si alguien quiere que trabaje más rápido que eso, digo que no. No puedo hacerlo.

El gran problema que enfrentan muchos trabajadores independientes es que están tan ansiosos por trabajar que no quieren decirle a nadie que no. Yo lo veo así: Decir “no” no es una debilidad; está estrechamente relacionado con ser un profesional.

Asimismo, decir que no de manera educada y amable no se logra fácilmente y requiere algo de práctica. Pero una vez que aprendas esa habilidad, los clientes te tendrán más respeto y tu vida laboral va a mejora. Y para ponerle la frutilla al postre: también vas a disfrutar de mejores ingresos.

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