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El mejor amigo del traductor

¿Sabés cuál es el mejor amigo del traductor?

Entre mis primeros artículos de este blog, hubo uno que se llamaba “Los traductores no son… diccionarios”. Allí hablaba de lo que nos pasa a muchos traductores (y a otros hablantes de más de un idioma): hay personas que piensan que saber otro idioma nos convierte en diccionarios ambulantes y, peor aún, nos critican cuando nos resistimos a dar una respuesta, en la mayoría de los casos por falta de contexto (tema para otro artículo). Saber otro idioma, por buen nivel que uno tenga, no significa conocer todas las palabras y sus usos. ¿Acaso como hablantes nativos nos sabemos todas las palabras?

Eso nos lleva a este artículo: el mejor amigo del traductor es el diccionario. ¿Por qué?

Por qué los traductores necesitan diccionarios

Ser traductor, que quede claro, no significa saber todas las palabras de otro idioma. Más bien, la formación del traductor le da las herramientas necesarias para comprender en profundidad el texto original. Las palabras pueden tener significados muy distintos según el contexto. Además, se pueden usar de manera diferente en áreas de especialización específicas. Y cuando las trasladamos a otro idioma, esas palabras y significados no tienen equivalentes exactos. Por poner un ejemplo simple, el sustantivo inglés match se puede traducir, entre otras cosas, como coincidencia, fósforo o partido (encuentro deportivo). A su vez, el sustantivo partido, en español, puede referirse también a una organización política (inglés: party) o a tomar partido (inglés: take sides, take a stand). Y podríamos seguir…[1]

Por tanto, un buen traductor se asegura de entender bien los significados que tienen las palabras en cada nuevo texto. Claro, no significa que está buscando todas y cada una de las palabras; eso sería interminable. Además, casos como los de match y partido se pueden determinar fácilmente por el contexto. Lo importante es no confiarse y estar atento a cualquier término que pueda tener otro sentido en el original y otro equivalente en la traducción.

Origen del diccionario

Es interesante lo que comenta David Bellos en Un pez en la higuera. El capítulo nueve, dedicado a los diccionarios, cuenta que aunque al parecer los traductores no podemos vivir sin los diccionarios, en realidad los diccionarios deben su existencia a los traductores:

Desde la antigua Mesopotamia hasta finales de la Edad Media en Europa Occidental, las listas de palabras con equivalentes en una segunda lengua siguieron sirviendo a los mismos propósitos: regularizar la práctica de la traducción y formar a la siguiente generación de traductores. […] Lo que no surgió en Occidente hasta después de la invención de la imprenta fueron las listas de palabras generales y para todo uso con definiciones en la misma lengua[2].

Y, en realidad, es lo que hacemos cuando aprendemos otro idioma: anotamos los equivalentes (aproximados) en nuestra lengua para las palabras que nos vamos encontrando.

Tipos de diccionarios

Los recursos disponibles en línea son de gran ayuda para la tarea del traductor. Se pueden consultar diccionarios monolingües, que sirven para entender bien los distintos significados de palabras y expresiones, y diccionarios bilingües, que nos ayudan a encontrar los posibles equivalentes.

Una función reciente del Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (RAE) es la inclusión de sinónimos y antónimos, útil para evitar las repeticiones. Hablando de la RAE, cabe mencionar que el hecho de que un término no figure en el diccionario no significa que esté prohibido usarlo, siempre que esté aceptado y difundido entre los hablantes. Por ejemplo, el DLE no incluye la palabra xeneize, aunque esta sí aparece en un recurso interesantísimo de la RAE que es el Diccionario de americanismos, una joya para conocer los significados de palabras en los distintos países hispanohablantes[3]. En este sentido también son útiles algunos diccionarios colaborativos, como AsiHablamos.com y Diccionario Argentino, para estar atentos a los términos que quizás haya que evitar según el público al que va destinada la traducción.

También existen diccionarios especializados, como el Diccionario de términos médicos, el Diccionario panhispánico de términos médicos o el Diccionario panhispánico del español jurídico de la RAE, por mencionar solo tres.

La IA y los diccionarios

La IA ha mejorado mucho en lo que tiene que ver con los significados de las palabras según el contexto. Sin embargo, aún falla a la hora de encontrar términos adecuados en textos técnicos o especializados, así como en mantener la consistencia: quizás usa un término en un párrafo y en el siguiente usa otro que no tiene nada que ver. Es una de las cosas a las que los traductores tenemos que estar muy atentos cuando hacemos posedición.

Ahora ya conocés al mejor amigo del traductor. Cierto que, a veces, los diccionarios también nos pueden fallar. Pero me gusta cómo lo explica Bellos:

Podemos aceptar que los diccionarios están siempre un poco desfasados temporalmente, o que, incluso en los mejores, falta algo que nos habría gustado encontrar allí, pero deberíamos detenernos y llevar la reflexión un paso más allá. Intentar capturar “todas las palabras de una lengua” es tan vano como intentar recoger todas las gotas de agua en un río que fluye. Si consiguiera hacerlo, dejaría de ser un río. Sería una pecera.

¿Y vos? ¿Qué opinás? Contame en los comentarios. Si te gustó el artículo, ¡compartilo!

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Fuentes consultadas

Bellos, David. Un pez en la higuera. Una historia fabulosa de la traducción. Traducción de Vicente Campos. Barcelona, Planeta, 2012. Cap. 9 “Comprender los diccionarios”.

Créditos de las imágenes

Imagen de Steve Buissinne en Pixabay.

[1] Party en inglés también se refiere a una fiesta, etcétera. ¡Y solo hablamos de estas palabras en algunos de sus significados como sustantivos!

[2] Sigue diciendo Bellos: “El primer diccionario general moderno lo publicó la Academia Francesa en el siglo XVII (el primer volumen, A-L, apareció en 1694); el primero en aparecer como volumen, de la A a la Z, fue el diccionario de la lengua inglesa de Samuel Johnson, que se editó en 1755”. En español, la Real Academia Española publicó el primer diccionario en seis volúmenes entre 1726 y 1739, aunque ya existían obras similares, como el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias (1611).

[3] En el DLE tampoco aparece “interesantísimo”, pero sí está el sufijo -ísimo que justifica su formación.

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